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martes, 13 de julio de 2010

BATAILLE, G.: El azul del cielo

Sólo esos relatos, que a veces se leen en los trances, le enfrentan con el destino.

¿Cómo perder el tiempo con libros a los que, manifiestamente, su autor no se ha visto obligado?

p.13.

Incluso cuando no decía nada, parecía abandonada.

p.25.

Ejercía una fascinación cierta, tanto por su lucidez como por su pensamiento de alucinada (Lazare-Weil).

p.42

Enloquecía por mí mientras yo la estaba engañando.

p.45.

La respetaba demasiado, y la respetaba precisamente por estar completamente perdida de vicios…

p.48.

Lazare apenas suponía un vestigio de existencia.

p.51.

Estaba tan tranquila como un cura que escucha una confesión.

p.52.

Su parloteo me agotaba. Sin embargo, me ayudó a salir un poco de la postración.

p.86.

Yo era el detritus que todos pisoteaban y a mi propia maldad venía a sumarse la de la suerte.

p.91.

Lo que amaba en ella era su odio, amaba la imprevista fealdad, la fealdad monstruosa que el odio daba a sus rasgos.

p.162.

¿Por qué habría de curarme?

p.164.

Fue algo tan bello que hubiera deseado no vivir ni un instante más.

p.185.

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